Después de peregrinaciones, luchas, muertes y milagros, Israel llega a un enfrentamiento abierto con los reinos al este del Jordán. Ya no son pruebas internas ni guerras de supervivencia, sino una primera postura ante pueblos y reyes en nombre de un llamado, un camino y una misión.
Moisés envía mensajeros a Sijón rey de los amorreos con una petición directa: “E’eb’rá be’artzéja lo nité besadé uvejérem” (Déjame pasar por tu tierra; no nos desviaremos a campo ni a viña, Números 21:22). Una propuesta de paso pacífico, sin tocar campos ni viñas, sin beber agua de pozo. Pero Sijón elige la guerra y sale a Yahtzá para enfrentar a Israel. El resultado se escribe brevemente: “Vayakéhu Yisrael lefí járev vayirásh et artzó” (E Israel lo hirió a filo de espada y heredó su tierra, versículo 24).
La victoria desemboca en una secuencia poética extraordinaria, un piyut antiguo incrustado dentro del relato: “Al kén yomrú hamoshlím bo’ú Jeshbón tibané vetikonén ir Sijón. Ki esh yatz’á meJeshbón lehavá mikiryát Sijón” (Por eso dicen los trovadores: Vengan a Jeshbón, sea edificada y establecida la ciudad de Sijón. Porque fuego salió de Jeshbón, una llama de la ciudad de Sijón, versículos 27, 28). Rashí aquí explica que los “trovadores” son Bilam y Beor, y que el canto narra la historia oscura de Jeshbón: Sijón no pudo conquistar Jeshbón por su propia fuerza, así que fue y contrató a Bilam para que maldijera a Moav, y solo entonces cayó en sus manos. Ese mismo poder de maldición y canto que derribó a Moav vuelve ahora a presentarse contra Israel en la parashá siguiente.
Luego sale Og rey del Basán: “Vayetzé Og mélej haBashán likratám hu vejól amó lamiljamá Edre’í” (Y salió Og rey de Basán al encuentro de ellos, él y todo su pueblo, a la batalla en Edre’í, versículo 33). Og es el último sobreviviente de las antiguas tribus de gigantes, y el libro de Deuteronomio lo describirá más adelante: “Ki rak Og mélej haBashán nish’ár miyéter haRefaím” (Porque solamente Og rey de Basán quedó del resto de los Refaím, Deuteronomio 3:11). Justo aquí, frente al miedo mayor, el Eterno le dice a Moisés: “Al tirá otó ki veyadjá natáti otó ve’ét kol amó ve’ét artzó” (No le temas, porque en tu mano he entregado a él y a todo su pueblo y su tierra, Números 21:34). La promesa interior precede a la victoria exterior, y es la primera vez que Israel recibe una instrucción explícita de no temer a un enemigo.
La aliá se cierra con una frase que contiene toda la transición: “Vayis’ú bnei Yisrael vayajanú be’arvót Moáv me’éver leYardén Yerejó” (Y los hijos de Israel partieron y acamparon en los llanos de Moav, al otro lado del Jordán frente a Jericó, Números 22:1). Ya no están en el desierto. Están frente al Jordán, frente a Jericó, frente a la Tierra.
Un mensaje claro: la Torá no presenta a Israel como un pueblo agresor. Abren con una oferta de paso, se abstienen de tocar campos ajenos y aceptan rodear reinos que no los amenazan. Pero en el momento en que un rey como Sijón sale a combatir, o un gigante como Og se interpone en el camino, no retroceden. Entran en la vida desde una postura doble, una que ofrece paz y también sabe combatir, y precisamente en esa combinación comienza el tránsito de la peregrinación al sostén firme sobre la tierra de la Tierra.
Más Preguntas sobre la Parashá
Pronto habrá más preguntas sobre esta parashá. Mientras tanto, explora nuestro estudio diario de Torá.