Parashat Koraj - Cuarta Aliá
Lee el texto bíblico e intenta comprenderlo por ti mismo, antes de leer el comentario.
La rebelión ya fue aplastada. La tierra tragó a Koraj y a su congregación, y el fuego consumió a los oferentes del incienso. Pero el pueblo aún no se calma. El Santo, bendito sea, con un dolor inconcebible, vuelve a ordenar: “Heromú mitój ha’edá hazót, va’ajalé otám kerága” (Apártense de esta congregación, y los consumiré en un instante, versículo 10).
La ira sale de delante de Adonai, y la plaga comienza a golpear. Una ola de muerte silenciosa, aterradora, ciega. Y entonces ocurre algo no menos que milagroso.
Aarón, aquel mismo contra quien se rebelaron y de quien se quejaron, corre él mismo hacia el campamento, llevando el incienso, con el poder de la vida en sus manos. “Vaya’amód bein hametím uvéin hajayím, vate’atsár hamaguefá” (Se puso de pie entre los muertos y los vivos, y la plaga fue detenida, versículo 13).
Rashí sobre este versículo descubre dos capas en la historia. La primera: “Sujetó al ángel y lo retuvo contra su voluntad. Le dijo el ángel: ‘Déjame cumplir mi misión.’ Le respondió: ‘Moisés me ordenó retenerte.’” Aarón no solo colocó el incienso. Sujetó al ángel de la muerte y lo retuvo, argumentando contra él en la fuerza de la misión de Moisés desde la boca del Todopoderoso.
La segunda capa de Rashí es aún más aguda. ¿Por qué precisamente con incienso? “Porque Israel había estado calumniando y murmurando sobre el incienso, diciendo que es veneno de muerte. Por él murieron Nadav y Avihú, por él fueron quemados los doscientos cincuenta. Dijo el Santo, bendito sea: ‘Verán que es lo que detiene una plaga, y el pecado es lo que mata.’” El incienso que parecía matar ayer es el mismo que salva hoy. El instrumento no cambia. Solo el contacto con él.
Y entonces, las palabras finales, silenciosas y decisivas: “Vayashóv Aharón el Moshé el pétaj óhel mo’éd, vehamaguefá ne’etsará” (Aarón volvió a Moisés a la entrada de la Tienda de la Reunión, y la plaga fue detenida, versículo 15). Catorce mil setecientos murieron, aparte de los que murieron por el asunto de Koraj. Pero la plaga se detuvo, y todo gracias a aquel contra quien supuestamente se rebelaron el día anterior. Aarón corrió al corazón del peligro no para vengarse, sino para expiar.